domingo, 18 de mayo de 2014

Una pequeña reflexión sobre los mandamientos más importantes para la iglesia cristiana.

Leyendo a Freud y su Malestar en la Cultura, me pongo a pensar en el atraso considerable que las religiones nos han generado en el proceso constructivo de las sociedades y su cultura. Ya lo decía muy bien mi maestra de Literatura en la AMCI: "las religiones nos han frenado en el desarrollo del pensamiento científico a nivel global, de no ser por ellas, el hombre ya estuviera viviendo en el espacio". Y sí lo creo.
Es cierto que el humano es en su esencia, un ser agresivo y viseral, pero, ¿de verdad necesitábamos de doctrinas que limitaran las sensaciones más naturales del hombre para poder moldear las relaciones útiles entre los pertenecientes a una comunidad? Quizá en una fase primaria pero no en recientes fechas, cuando presumimos de ser los más racionales y eficaces en nuestras tomas de decisiones.
Me parece que de cierta forma, el status quo no se ha transformado del todo y continuamos en la vieja neurosis de aferrarnos a lo antiguo y no aceptar los nuevos cambios. Seguimos ostentando la bandera del amor al prójimo cuando el prójimo no se ha ganado ese derecho y, muy a pesar del buen Moisés, al prójimo pareciera tampoco importarle la idea de amarme a cambio de nada. Y es irónico creer que el "Amarás a tu prójimo como a tí mismo" funciona como máxima universal en un mundo devorado por el capitalismo neoliberal, el cual tiene su principal motor teórico y empírico en las ya conocidas luchas de clases y las políticas globales de libre tránsito mercantil, basadas en simples relaciones del más fuerte sobre el más débil. Nada que ver con un amor mutuo y fraternal. Al contrario, una clara y evidente contradicción de nuestra cultura, tan avanzada y moderna.
Esta represión hacia lo sexual, hacia lo natural, nos ha dotado de muchas limitaciones que, como sociedad, aún no hemos podido desenmarañar. Tenemos muy metida la idea de capitalizar todo lo que nos produce placer y de avergonzarnos por sentir ese mismo placer. Nos acostumbramos a este círculo vicioso que sólo nos deja un enorme hastío por la vida misma y creemos que ese es el destino único de nuestra cultura; la dirección que hemos tomado como sociedad solo es el reflejo de un malestar que no ha encontrado una cura viable.
Las religiones tomaron el camino contrario al que suponía la naturaleza humana y eso resulto ser un cuestionamiento importante en lo  referente a la permanencia en el plano material y su relevancia histórica. Las respuestas filosóficas fueron socavadas por los caminos fantásticos de la resurrección y la trascendencia infinita en algún plano celestial y dejaron truncas las vertientes que cuestionaban y alentaban al mismo ser pensante.
Lo interesante es que estas mismas ideas nos siguen frenando como sociedad debido a que la misma cultura no ha podido ofrecer una alternativa mejor al desasosiego que genera el vivir en las naciones modernas. Ni las modas informáticas ni los nuevos paradigmas cognositivos han podido arrancar estas ideas y prácticas sociales. Al contrario, pareciera que alimentamos nuestras patologías psicológicas con nuevos métodos culturales para permanecer en el posicionamiento deseable de ser consumidores incapaces de obtener la felicidad por la cual tanto nos desgastamos diariamente.
No me sorprende que las instituciones religiosas cobren mayor fuerza en este periodo histórico, lo preocupante es el hecho de no darnos cuenta que con el solo hecho de adentrarnos más en nuestra propia condición humana, sin prejuicios ni tabúes propios de periodos oscurantistas de la humanidad, podríamos prescindir de los falsos dogmas e ideas controladoras que no nos ayudan como sociedad funcional.
La dirección de lo que concebimos como cultura debería ser replanteada pronto o sino creo que los ideales capitalistas de Occidente serán muy difíciles de aguantar dentro de unos años, y no sólo para los que habitamos éste lado del mapa.


©Jean-Michel Basquiat