El
vocho amarillo siempre estuvo ahí, y aunque realmente nunca estorbó
al peatón, ya había
escuchado
algunas quejas sobre él. En una ocasión, la vecina del 502 hizo un
escándalo en
todo
el edificio pues decía, el Volkswagen era refugio de vagabundos por
las noches. Si yo no
tuviera
donde dormir, el último lugar a elegir sería dentro de aquél auto
abandonado. Los
asientos
eran muy desagradables, le faltaba el perteneciente al copiloto y
estaba lleno de
manchas
negras. Tal vez uno de esos vagabundos mencionados por mi vecina en
aquel
momento
era el Ecoloco. En un principio, así me imaginaba yo a quien quizá
dormía por las
noches
ahí adentro.
Nunca
me pareció importante ni me llamó la atención ese vocho
destartalado, a pesar de que
era
de un amarillo chillante y se encontraba justo al doblar hacia la
avenida en donde está mi
secundaria.
Incluso mi papá estaba a favor de mandarlo a un deshuesadero para
automóviles,
pues
no tenía llantas y le faltaban algunas partes de la carrocería. A
mi realmente no me
importaba
que estuviera ahí, abandonado.
Justo
cuando regresé a clases después de las vacaciones de invierno,
sucedió algo muy raro.
En
mi camino a la secundaria noté que un hombre con la ropa rasgada y
un tanto mugroso se
había
dormido adentro del vocho amarillo. Sus ronquidos eran muy fuertes y
como el carro tampoco
tenía
vidrios ,para mi fue imposible no darme cuenta. Me le quedé viendo
un largo rato, me pareció
triste
ver alguien dormido ahí adentro. Hacía mucho frío y la camisa que
traía estaba muy
rota.
Decidí
continuar mi camino y correr a la secundaria, pues ya iba tarde. No
dí ni tres pasos
cuando
escuché al hombre dejar de roncar. Así, súbitamente y justo
después de qué me alejé.
Me
quedé inmóvil pensando en la extrañeza del suceso pero sin
atreverme a voltear. Al
instante
me dio un poco de miedo no puedo explicar, pero finalmente y después
de no volver
a
escuchar un ronquido de nuevo, giré la cabeza en dirección hacia el
vocho como reacción
inmediata
a mi miedo. Ahí estaba el hombre, con la cabeza de fuera, viéndome.
“A la escuela,
¿eh?”
-me dijo. Simplemente no supe qué hacer y eché a correr con
dirección a la secundaria.
Sin
duda fue una experiencia fuera de lo común la cual me mantuvo
pensativo y distraído por
el
resto del día. Al regresar a casa después de haberme quedado en la
escuela jugando futbol
al
término de las clases, pasé por el mismo lugar, aquél hombre no
estaba. Me acerqué al
vocho
y me asomé por el espacio en donde debía estar el vidrio de la
ventana pero no había
nadie
adentro, sólo los mismos asientos traseros manchados de quién sabe
qué. Al día
siguiente,
al dirigirme a la escuela encontré al mismo hombre sentado en la
parte delantera
del
vocho, en la cajuela. Le dirigí una mirada fugaz y él se limitó a
saludarme con su mano
derecha.
Le sonreí en ese momento. Traía la misma camisa rasgada y su
cabello alborotado
me
recordó enseguida a Robert Smith de la banda inglesa The Cure.
Y a
partir de ese día, todas las mañanas al dirigirme a la escuela
encontraba a aquél hombre,
siempre
adentro o encima del vocho amarillo ;en mi mente uno estaba asociado
al otro. En
ocasiones,
llegamos a intercambiar unas cuantas palabras de cordialidad, él
siempre muy
respetuoso
y yo le correspondía en el gesto amable. Nunca me sentí incomodado
por su ropa
rasgada
o su cabello enmarañado, tampoco olía mal ni padecía de sus
facultades mentales;
siempre
pareció ser alguien lúcido, pero se encontraba en situación de
calle. Después de todo
lo
consideraba un hombre bueno.
En
una ocasión después de haber saludado al inquilino del vocho
amarillo, justo en la esquina
de
mi calle, cuatro cretinos de mi secundaria me rodearon y me
comenzaron a agredir. La
mayoría
de las veces yo los ignoraba cuando comenzaban a molestarme en el
recreo pero
nunca
pensé que sus actos trascendieran las paredes de la escuela. En
aquel momento me
golpearían,
lo sabía, justo después de algunos minutos de humillaciones. Quizá
se veían muy
obvios
al tenerme rodeado en esa esquina y su hubiera corrido podía llegar
a la escuela
fácilmente,
pero no lo hice. Justo cuando esperaba la lluvia de golpes, aquel
barbón apareció
gritando
y gruñendo con una cara de desquiciado y poseído por algún
demonio. Ellos
corrieron
de inmediato y él solo me sonrió.
Esa
misma semana, después de pasar junto al vocho amarillo y saludar al
hombre que dormía
todas
las noches ahí, me encontré con mi vecina, la del 502. “No
debería hablarle a ese tipo de
gentuza,
jovencito, Usted es alguien decente y con futuro y los vagos solo lo
corrompen a uno
-se
atrevió a decirme, yo solamente me quedé mirándola un instante y
continué mi camino,
nunca
me ha caido bien mi vecina. Yo puedo saludar a quien me plazca,
además no le
encontraba
perjuicio alguno el saludar al hombre del vocho.
Al
llegar a casa mi padre habló conmigo. Me contó sobre el encuentro
que tuvo con la vecina
del
502 en el lobby del edificio ese día muy temprano, quien muy
preocupada le habló de mi
simpatía
hacia el hombre del vocho. Mi padre me sugirió evitar ese tipo de
personas por tener
“ciertas
mañas ”las cuales no me supo explicar. Me decepcionó un poco el
darme cuenta de
los
prejuicios de mi padre. También me molesté por la impertinencia de
mi vecina. ¿Quién se
creía
que era?
Al
día siguiente, al dirigirme a la escuela, pude ver a lo lejos a mi
vecina. Estaba parada a
escasos
dos metros del vocho. El hombre se encontraba detrás del vehículo
como si se
estuviera
escondiendo de aquella mujer que le apuntaba con el dedo. Me apresuré
a
alcanzarlos
y conforme me acercaba podía escuchar los gritos de amenaza emitidos
por mi
vecina
dirigidos al hombre del vocho, quien la veía con miedo y sin decir
ni una palabra.
“Déjelo
en paz ”-le grité, pero ella se limitó a verme con indiferencia
mientras bajaba su dedo
acusatorio.
“Más vale que entiendas que tu amiguito y esa carcacha
desaparecerán pronto de
esta
colonia ”-me advirtió, y enseguida dio media vuelta y se fue
caminando sin voltear a
vernos.
“No le tengas miedo, está loca ”-le dije al hombre, pero el
seguía escondiéndose atrás
del
vocho. Me despedí de él y corrí a la escuela pues ya se me había
hecho tarde.
Después
de aquel incidente pasó el fin de semana y yo me olvidé de mi
vecina y del hombre del vocho amarillo .
Pero
el lunes que regresé a la secundaria me llevé una sorpresa, pues el
hombre no estaba en el
vocho.
Me sentí confundido, un tanto enojado. Los gritos de mi vecina
seguramente habían
espantado
al sujeto y ahora quizá estaría a la intemperie ;aquí al menos
tenía un carro
abandonado
que le resguardaba un poco, aunque a veces lo encontrara debajo del
auto, con
medio
cuerpo de fuera. No comprendí del todo mi malestar ante esta
situación.
La
mañana del martes, después de haberme arreglado y desayunar, pensé
en aquél hombre.
¿Habría
regresado ¿?Estaría dormido adentro del vocho y yo tal vez no me
percaté de ello ?
Cuando
iba por la calle, vi a lo lejos una grúa subiendo el vocho a su
plataforma movible,
seguramente
se lo llevaría a un deshuesadero. Al acercarme noté que en un
extremo se
encontraba
el hombre, cabizbajo, con los brazos cruzados. Él no me había visto
aún. Entonces
comencé
a reclamarle al policía que maniobraba la grúa, asegurándole que
ahí vivía aquél
hombre
en situación de calle. Por un momento me sentí como un idiota
defendiendo a una
persona
adulta en situación de calle, a un sinhogar y a su vocho
destartalado. Obviamente el
policía
no me tomó en cuenta. Ese pensamiento pronto se fue. Yo ya lo
consideraba un amigo
y no
podía caer en el mismo prejuicio de mi papá y la vecina.
“Seguro
fue esa maldita señora ”-recuerdo haberle gritado al policía-,
cuando detrás de mi
escuché
la voz de la vecina diciendo “¿a quién le dices así, muchachito
?”Me di cuenta cuando
el
policía alzó la vista y con asombro se nos quedó mirando
fijamente. -“Te lo dije, tu amigo
y
toda esta chatarra iban a desaparecer. Por fin esta calle se verá
decente ”-me dijo victoriosa-,
-“yo
misma me encargué de solicitar la grúa”- Antes de poder responder
con todo mi coraje,
sorpresivamente
el hombre brincó hacia la plataforma movible en donde se encontraba
ya
montado
el vocho y saltó sobre mi vecina, quien tampoco se esperaba aquel
ataque
repentino.
En
segundos, ambos se encontraban en el piso rodando y gritando, una de
horror y el otro de
coraje.
Me paralicé al ver la escena y poco a poco comencé a animar al
hombre para que le
diera
su merecido a mi vecina por entrometida y alzada. No pasó mucho
tiempo de jaloneos
en
el piso cuando el policía se interpuso entre los dos y logró
separar al hombre de la
vecina.
No le había hecho daño físico al parecer. Quizá sólo la quiso
asustar y vaya que lo
logró.
La mujer había quedado muy alterada y no paraba de gritar y maldecir
al hombre del
vocho.
“Corre ”-alcancé a gritarle. Soltó una leve carcajada y comenzó
a correr en dirección
contraria
al flujo vehicular.
No
se cómo lo hice, o me decidí a hacerlo, pero cuando vi al policía
emprender la persecución
detrás
del hombre, corrí también y como en el futbol americano, lo
derribé. Algo en mi brazo
tronó
cuando todo el peso del policía cayó sobre mí después de
taclearlo. El hombre de la
camisa
rasgada había escapado, ya no se veía por ningún lado.
Mi
papá me recogió unas horas más tarde en el ministerio público, el
regaño fue inmediato y
el
yeso en el brazo necesario. Mi terquedad y poca madurez fueron los
motivos de aquella
penosa
situación, según mi padre, y me obligó a disculparme con la vecina
del 502.
Estoy
por salir de la secundaria y aún recuerdo al vocho amarillo y a su
inquilino. Espero se
encuentre
bien. En el 502 ahora vive un matrimonio recién casado y dicen, ya
esperan a su
primer
bebé. La señora que antes vivía ahí sufrió un accidente
automovilístico. A mi papá le
gusta
contar el incidente de la grúa e inventa la historia del
atropellamiento de la vecina por
un
Volkswagen amarillo. “Un vocho, como el abandonado que se llevaron
–”bromea mi papá.
Pero
a mi nunca me causa risa.
Al
parecer a todos nos marcó aquél vocho, junto con ese hombre sin
casa, amable y sonriente.
Quizá
a unos más que a otros, quizá a nadie y sólo a mi. Las mañanas de
camino a mi nueva
preparatoria
no son las mismas de cuando iba a la secundaria. Nunca supe realmente
quién era
aquél
hombre, el de las ropas rasgadas y el cabello a la Robert Smith, pero
“el mugroso del vocho
amarillo”,
como lo sigue llamando de manera despectiva mi papá, siempre tenía
un saludo y una sonrisa para mí, sin importarle quién era yo, o lo
que pensaba de él.












