Las historias entrañables son, probablemente, las más apreciadas por el público que asiste a
las salas de cine alrededor del mundo, por lo cual, si partimos desde esta suposición,
podríamos decir entonces que La vie d'Adèle tiene el éxito asegurado. Si bien es una
película que presenta a personajes con tendencia sexual atípica, socialmente hablando, es el
desarrollo de una relación el principal eje dramático de la historia, por demás fascinante de
principio a fin y que bien podría clasificarse como cautivadora. ¿Quién no ha sufrido por el
drama que desata la intensidad del primer amor? La premisa es clara y concisa, el punto
clave para la empatía que el espectador desarrolla con gran eficacia ante la historia de
Adèle, genera a lo largo de la construcción de los lazos amorosos con Emma (Léa
Seydoux), ese torbellino de emociones que mantiene enganchado todo el tiempo hasta a los
más desalmados.
La dirección del tunecino Abdellatif Kechiche durante todo el filme, apuesta por una
extrema sensibilidad, motivándose en el acercamiento profundo del personaje de Adèle
(Adèle Exarchopoulos), así como en el desarrollo de una fijación meramente adolescente
con la ya experimentada Emma (Léa Seydoux), de cabellos azules e hipnotizantes.
Ambas actrices, sin prejuicios y con una enorme convicción en la historia y sus personajes,
realizaron repetidas veces escenas por demás difíciles para cualquier actriz con el fin de
darle un mayor realce a la carga pasional de la relación que sus personajes construían La
evidente formación de un lazo tan fuerte como lo es el amor en toda la extensión de la
palabra, con sus alegrías y desencantos es, sin duda, lo que nos hace estremecernos por
completo.
Gran parte de la fuerza que toma el camino que recorren juntas, es el sentido que Adèle
asume desde el primer momento con respecto a sus emociones y la firme decisión de ambas
por formar parte de la vida de la otra. Es precisamente en este punto en donde el cortejo y el
enamoramiento se vuelven el cenit de lo que después será una complicidad envidiable. Pero
la personificación del amante soñado, encarnado en Emma, es de gran contraste y de mucho
peso emocional para Adèle en un momento de extrema confusión y desasosiego, puesto que
el enfrentarse a deseos reprimidos es siempre difícil de sobrellevar; la frescura con la que se
presenta Emma en la vida de Adèle y la influencia que ésta genera sobre ella, es tan
acertada como la misma referencia literaria que se menciona hacia Jean-Paul Sartre en el
momento en el cual el cortejo es la pieza detonante para el inicio de su historia.
El diseño de los espacios y el manejo del color en cada una de las escenas se agradece y se
disfruta; los contrastes dramáticos entre lo que cada personaje experimenta internamente y
lo que se presenta en la narrativa visual es la clave para entender el desarrollo de la tragedia
del amor eterno. Y así como el diseño visual nos dota de elementos extra en la comprensión
del sentir de las amorosas, el diseño sonoro y el soundtrack refuerzan esta idea de seguir al
complemento, a su otra mitad, mar adentro y en la oscuridad.
Además de la cuestión afectiva, es de gran valor señalar la disyuntiva evidente de
presentarnos o no como alguien con preferencias sexuales diferentes en un mundo que
sabemos cruel y discriminatorio, aún en una sociedad como lo es la francesa, caracterizada
por gozar de un entendimiento más amplio y un criterio objetivo. El contexto social de La
vie de Adèle es el más actual y esto nos hace reflexionar al respecto: todos tenemos la
necesidad de recibir afecto y la intensidad con la cual surgen las relaciones interpersonales
en la vida adolescente, hacen de este proceso algo mucho más complicado; es fundamental
para todos comprender esta situación, sin embargo no es desconocida por nadie.
La forma en la que la esta historia tiene su desenlace resulta de lo más humana y
comprensible; Adéle desata sus propios demonios y no da tregua a los celos y el
egocentrismo que es propio del despertar de las emociones y los placeres carnales. El hecho
de que Emma esté adentrada en un ambiente artístico y emplee a su amada como su única
musa, parece no satisfacer a la idea del “vivieron felices por siempre” de Adèle, dándonos
una lectura mucho más humana y real de lo que sucede en las relaciones de pareja: el
adolescente que se descubre a sí mismo, inestable y confundido, no sabe lo que significa el
encontrarse con aquel o, en este caso aquella, que la acepta y la procura
incondicionalmente. Adèle comete infidelidad basándose en supuestos creados
imaginariamente y echan abajo la confianza que juntas han construido, sin miedo y con
gran valentía ante el mundo, en aquel proceso de madurez emocional que, justamente,
termina en un arrepentimiento inminente por parte de ella y en una resignación inevitable
del lado de Emma.
De esta forma, las directrices y matices de una historia tan compleja y tan real como la que
hemos presenciado en la más reciente muestra de la Cineteca Nacional, nos hacen absorber
la esencia de lo que, en palabras del propio director señala al momento de estrenar su obra,
hasta el momento maestra: “Mi aspiración es alcanzar de manera directa el corazón del
espectador, sea hombre o mujer, mostrar que no hay leyes en el amor”.
Sorprende entonces encontrarse con proyectos apegados a una realidad jamás antes
explorada, al menos con gran intensidad y honestidad en tiempos recientes en una historia
lésbica; los momentos contenidos en casi tres horas de metraje que nos brinda La vie
d'Adèle son de una gran ejecución dramática que perfectamente converge con la estética
que nos presenta Kechiche. El esfuerzo conjunto de los tres galardonados en Cannes en
2013, con la máxima presea que ese certamen ofrece (Kechiche- Exarchopoulos- Seydoux),
es evidente y merece ser tomada como un punto de referencia, no solo para la
cinematografía con temática homosexual sino para todo aquél que se apasione por ese cine
que toca hasta las fibras más sensibles de nuestras propias experiencias, y las revive de
forma permanente.