martes, 8 de diciembre de 2015

VochoAmarillo



El vocho amarillo siempre estuvo ahí, y aunque realmente nunca estorbó al peatón, ya había

escuchado algunas quejas sobre él. En una ocasión, la vecina del 502 hizo un escándalo en

todo el edificio pues decía, el Volkswagen era refugio de vagabundos por las noches. Si yo no

tuviera donde dormir, el último lugar a elegir sería dentro de aquél auto abandonado. Los

asientos eran muy desagradables, le faltaba el perteneciente al copiloto y estaba lleno de

manchas negras. Tal vez uno de esos vagabundos mencionados por mi vecina en aquel

momento era el Ecoloco. En un principio, así me imaginaba yo a quien quizá dormía por las

noches ahí adentro.

Nunca me pareció importante ni me llamó la atención ese vocho destartalado, a pesar de que

era de un amarillo chillante y se encontraba justo al doblar hacia la avenida en donde está mi

secundaria. Incluso mi papá estaba a favor de mandarlo a un deshuesadero para automóviles,

pues no tenía llantas y le faltaban algunas partes de la carrocería. A mi realmente no me

importaba que estuviera ahí, abandonado.

Justo cuando regresé a clases después de las vacaciones de invierno, sucedió algo muy raro.

En mi camino a la secundaria noté que un hombre con la ropa rasgada y un tanto mugroso se

había dormido adentro del vocho amarillo. Sus ronquidos eran muy fuertes y como el carro tampoco

tenía vidrios ,para mi fue imposible no darme cuenta. Me le quedé viendo un largo rato, me pareció

triste ver alguien dormido ahí adentro. Hacía mucho frío y la camisa que traía estaba muy

rota.

Decidí continuar mi camino y correr a la secundaria, pues ya iba tarde. No dí ni tres pasos

cuando escuché al hombre dejar de roncar. Así, súbitamente y justo después de qué me alejé.

Me quedé inmóvil pensando en la extrañeza del suceso pero sin atreverme a voltear. Al

instante me dio un poco de miedo no puedo explicar, pero finalmente y después de no volver

a escuchar un ronquido de nuevo, giré la cabeza en dirección hacia el vocho como reacción

inmediata a mi miedo. Ahí estaba el hombre, con la cabeza de fuera, viéndome. “A la escuela,

¿eh?” -me dijo. Simplemente no supe qué hacer y eché a correr con dirección a la secundaria.

Sin duda fue una experiencia fuera de lo común la cual me mantuvo pensativo y distraído por

el resto del día. Al regresar a casa después de haberme quedado en la escuela jugando futbol

al término de las clases, pasé por el mismo lugar, aquél hombre no estaba. Me acerqué al

vocho y me asomé por el espacio en donde debía estar el vidrio de la ventana pero no había

nadie adentro, sólo los mismos asientos traseros manchados de quién sabe qué. Al día

siguiente, al dirigirme a la escuela encontré al mismo hombre sentado en la parte delantera

del vocho, en la cajuela. Le dirigí una mirada fugaz y él se limitó a saludarme con su mano

derecha. Le sonreí en ese momento. Traía la misma camisa rasgada y su cabello alborotado

me recordó enseguida a Robert Smith de la banda inglesa The Cure.

Y a partir de ese día, todas las mañanas al dirigirme a la escuela encontraba a aquél hombre,

siempre adentro o encima del vocho amarillo ;en mi mente uno estaba asociado al otro. En

ocasiones, llegamos a intercambiar unas cuantas palabras de cordialidad, él siempre muy

respetuoso y yo le correspondía en el gesto amable. Nunca me sentí incomodado por su ropa

rasgada o su cabello enmarañado, tampoco olía mal ni padecía de sus facultades mentales;

siempre pareció ser alguien lúcido, pero se encontraba en situación de calle. Después de todo

lo consideraba un hombre bueno.

En una ocasión después de haber saludado al inquilino del vocho amarillo, justo en la esquina

de mi calle, cuatro cretinos de mi secundaria me rodearon y me comenzaron a agredir. La

mayoría de las veces yo los ignoraba cuando comenzaban a molestarme en el recreo pero

nunca pensé que sus actos trascendieran las paredes de la escuela. En aquel momento me

golpearían, lo sabía, justo después de algunos minutos de humillaciones. Quizá se veían muy

obvios al tenerme rodeado en esa esquina y su hubiera corrido podía llegar a la escuela

fácilmente, pero no lo hice. Justo cuando esperaba la lluvia de golpes, aquel barbón apareció

gritando y gruñendo con una cara de desquiciado y poseído por algún demonio. Ellos

corrieron de inmediato y él solo me sonrió.

Esa misma semana, después de pasar junto al vocho amarillo y saludar al hombre que dormía

todas las noches ahí, me encontré con mi vecina, la del 502. “No debería hablarle a ese tipo de

gentuza, jovencito, Usted es alguien decente y con futuro y los vagos solo lo corrompen a uno

-se atrevió a decirme, yo solamente me quedé mirándola un instante y continué mi camino,

nunca me ha caido bien mi vecina. Yo puedo saludar a quien me plazca, además no le

encontraba perjuicio alguno el saludar al hombre del vocho.

Al llegar a casa mi padre habló conmigo. Me contó sobre el encuentro que tuvo con la vecina

del 502 en el lobby del edificio ese día muy temprano, quien muy preocupada le habló de mi

simpatía hacia el hombre del vocho. Mi padre me sugirió evitar ese tipo de personas por tener

“ciertas mañas ”las cuales no me supo explicar. Me decepcionó un poco el darme cuenta de

los prejuicios de mi padre. También me molesté por la impertinencia de mi vecina. ¿Quién se

creía que era?

Al día siguiente, al dirigirme a la escuela, pude ver a lo lejos a mi vecina. Estaba parada a

escasos dos metros del vocho. El hombre se encontraba detrás del vehículo como si se

estuviera escondiendo de aquella mujer que le apuntaba con el dedo. Me apresuré a

alcanzarlos y conforme me acercaba podía escuchar los gritos de amenaza emitidos por mi

vecina dirigidos al hombre del vocho, quien la veía con miedo y sin decir ni una palabra.

“Déjelo en paz ”-le grité, pero ella se limitó a verme con indiferencia mientras bajaba su dedo

acusatorio. “Más vale que entiendas que tu amiguito y esa carcacha desaparecerán pronto de

esta colonia ”-me advirtió, y enseguida dio media vuelta y se fue caminando sin voltear a

vernos. “No le tengas miedo, está loca ”-le dije al hombre, pero el seguía escondiéndose atrás

del vocho. Me despedí de él y corrí a la escuela pues ya se me había hecho tarde.

Después de aquel incidente pasó el fin de semana y yo me olvidé de mi vecina y del hombre del vocho amarillo .

Pero el lunes que regresé a la secundaria me llevé una sorpresa, pues el hombre no estaba en el

vocho. Me sentí confundido, un tanto enojado. Los gritos de mi vecina seguramente habían

espantado al sujeto y ahora quizá estaría a la intemperie ;aquí al menos tenía un carro

abandonado que le resguardaba un poco, aunque a veces lo encontrara debajo del auto, con

medio cuerpo de fuera. No comprendí del todo mi malestar ante esta situación.

La mañana del martes, después de haberme arreglado y desayunar, pensé en aquél hombre.

¿Habría regresado ¿?Estaría dormido adentro del vocho y yo tal vez no me percaté de ello ?

Cuando iba por la calle, vi a lo lejos una grúa subiendo el vocho a su plataforma movible,

seguramente se lo llevaría a un deshuesadero. Al acercarme noté que en un extremo se

encontraba el hombre, cabizbajo, con los brazos cruzados. Él no me había visto aún. Entonces

comencé a reclamarle al policía que maniobraba la grúa, asegurándole que ahí vivía aquél

hombre en situación de calle. Por un momento me sentí como un idiota defendiendo a una

persona adulta en situación de calle, a un sinhogar y a su vocho destartalado. Obviamente el

policía no me tomó en cuenta. Ese pensamiento pronto se fue. Yo ya lo consideraba un amigo

y no podía caer en el mismo prejuicio de mi papá y la vecina.

“Seguro fue esa maldita señora ”-recuerdo haberle gritado al policía-, cuando detrás de mi

escuché la voz de la vecina diciendo “¿a quién le dices así, muchachito ?”Me di cuenta cuando

el policía alzó la vista y con asombro se nos quedó mirando fijamente. -“Te lo dije, tu amigo

y toda esta chatarra iban a desaparecer. Por fin esta calle se verá decente ”-me dijo victoriosa-,

-“yo misma me encargué de solicitar la grúa”- Antes de poder responder con todo mi coraje,

sorpresivamente el hombre brincó hacia la plataforma movible en donde se encontraba ya

montado el vocho y saltó sobre mi vecina, quien tampoco se esperaba aquel ataque

repentino.

En segundos, ambos se encontraban en el piso rodando y gritando, una de horror y el otro de

coraje. Me paralicé al ver la escena y poco a poco comencé a animar al hombre para que le

diera su merecido a mi vecina por entrometida y alzada. No pasó mucho tiempo de jaloneos

en el piso cuando el policía se interpuso entre los dos y logró separar al hombre de la

vecina. No le había hecho daño físico al parecer. Quizá sólo la quiso asustar y vaya que lo

logró. La mujer había quedado muy alterada y no paraba de gritar y maldecir al hombre del

vocho. “Corre ”-alcancé a gritarle. Soltó una leve carcajada y comenzó a correr en dirección

contraria al flujo vehicular.

No se cómo lo hice, o me decidí a hacerlo, pero cuando vi al policía emprender la persecución

detrás del hombre, corrí también y como en el futbol americano, lo derribé. Algo en mi brazo

tronó cuando todo el peso del policía cayó sobre mí después de taclearlo. El hombre de la

camisa rasgada había escapado, ya no se veía por ningún lado.

Mi papá me recogió unas horas más tarde en el ministerio público, el regaño fue inmediato y

el yeso en el brazo necesario. Mi terquedad y poca madurez fueron los motivos de aquella

penosa situación, según mi padre, y me obligó a disculparme con la vecina del 502.

Estoy por salir de la secundaria y aún recuerdo al vocho amarillo y a su inquilino. Espero se

encuentre bien. En el 502 ahora vive un matrimonio recién casado y dicen, ya esperan a su

primer bebé. La señora que antes vivía ahí sufrió un accidente automovilístico. A mi papá le

gusta contar el incidente de la grúa e inventa la historia del atropellamiento de la vecina por

un Volkswagen amarillo. “Un vocho, como el abandonado que se llevaron –”bromea mi papá.

Pero a mi nunca me causa risa.

Al parecer a todos nos marcó aquél vocho, junto con ese hombre sin casa, amable y sonriente.

Quizá a unos más que a otros, quizá a nadie y sólo a mi. Las mañanas de camino a mi nueva

preparatoria no son las mismas de cuando iba a la secundaria. Nunca supe realmente quién era

aquél hombre, el de las ropas rasgadas y el cabello a la Robert Smith, pero “el mugroso del vocho

amarillo”, como lo sigue llamando de manera despectiva mi papá, siempre tenía un saludo y una sonrisa para mí, sin importarle quién era yo, o lo que pensaba de él.

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